sábado, 8 de agosto de 2009

GUARO

Mientras los tragos avanzaban, me sentía más asquerosa, más detestable, mas suicida. Miraba desde la terraza el vacío que había hasta la oscuridad de la calle en la que vivía. El cielo estrellado me deprimía, me hacía sentir insignificante, estúpida. Esperaba que el guaro que tomaba me hiciera olvidar mi vida, me hiciese borrarla de mi memoria, o al menos acabara con ella como si fuera arsénico puro. A veces lo sentía. Me quemaba la garganta, el esófago, la laringe y hasta el estomago. Sentía que me purificaba. Era justo lo que necesitaba, eliminar todas las bacterias que quedaron en mi boca después de noches de sexo con aliento a pene y a cuca. ¿Qué había pasado conmigo? Me preguntaba una y otra vez, esperando encontrar una respuesta. Pero estaba tan drogada que la risa, y los pensamientos inocuos contaminaban mi reflexión.
Estaba, definitivamente, pagando un precio. Estaba jodida. Contaminada. Sidosa. ¿Y ahora qué?...pues nada. El guaro me acompañaba.

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